
Puedo decir que fue el peor momento de mi vida o quizás el mejor, aún no lo se. Pero si una marca ha dejado. La marca de lo que somos, de nuestras incapacidades, de nuestras limitaciones, de nuestras fallas. La marca generada por pensamientos que incoherentemente o coherentemente llegan a nuestra conciencia o tal vez inconsciencia.
Descubrí que cuando nos damos por vencidos el mundo se termina...o casi se termina.
Los pensamientos vuelan para donde se quiera ir, se sube, se baja, se anda para atrás o para adelante...todo depende de lo que se quiera vivenciar o como se quiera vivenciar.
Cada uno con su historia.
He llegado a creer que seria mi fin, que dejaría mis ángeles para tornarme una estrella...pero sin rumbo, no me imaginaba el camino para llegar ni adonde llegar...mucho menos si volvería.
Es ahí que nos permitimos a sentir que no sabemos nada...o sabemos mucho y no lo sabemos.
De todas maneras el vivir esto o aquello significa que estamos vivos, vivos en materia, vivos en el alma...no importa...pero estamos vivos.
Sigamos vivos, sigamos yendo hacia adelante. No paremos, no estagnemos...no tiene gracia estar siempre en un mismo lugar.
Al fin, descubrí que viví de nuevo y eso me dio un nuevo brillo. Un nuevo brillo en la conciencia, el saber que tan discapacitados no somos y que tenemos mucho aún que vivir.
Es respirar hondo, descansar, relajar y dejar fluir. Dejar fluir los mejores aires. Dejar caer las hojas otoñales por nuestras cabezas y saber que no nos va hacer daño. Dejar caer las lluvias invernales y saber que más que mojarnos no será. Sentir el olor de las flores primaverales y descubrir que sus infinitos colores nos hacen colorir nuestro mundo. Alimentarse de la luz del sol absorbiendo la energía suficiente para conseguir vivir en iluminación...que sumada a nuestra luz interna nos hace vivos...vivos en energía, en armonía y en amor...en amor.
